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018.- Cuarto de maravillas

José Ramón Ramos Martínez

 

Encaramado en el muro, con las piernas colgando, observaba la extensa pradera que se ondulaba en diferentes tonos de verde. Los pastos se sucedían hasta perderse de vista entre la línea irregular de las encinas de la dehesa andaluza, a unos dos kilómetros, pero los prados continuaban entre los árboles hasta extenderse por las más de doscientas hectáreas de que se componía la ganadería. A su espalda, las interminables hileras de los olivos que conformaban el paisaje hasta perderse de vista. Con sus ocho años recién cumplidos le gustaba acudir a aquel lugar a atisbar a los toros bravos desde la seguridad del muro de casi dos metros de altura. Sus amigos, con los que se juntaba algunas veces para ver a los animales, habían colocado varias piedras junto a la pared por la parte exterior para poder trepar con facilidad y sentarse juntos en lo alto.

Para Adrián, las imágenes de aquellas temibles bestias que le imponían tanto respeto no se borrarían nunca de su memoria. Cuando los toros se acercaban por la hierba y alguno se paraba y le miraba a los ojos, sentía ese escalofrío de saber que si por un descuido perdía el equilibrio y caía del muro, en cualquier momento podía arrancarse y venir a por él, que tenía el poder de quitarle la vida en un momento. Pero pasados unos segundos en los que él no movía ni un músculo, el toro se relajaba y comenzaba a pastar indiferente a la presencia de los chavales. Podía escuchar su respiración tranquila, ver hasta el último detalle de su perfecta anatomía y oler su aroma dulzón de macho orgulloso. Entonces él también se tranquilizaba y disfrutaba del impresionante espectáculo que ofrecían los toros bravos, acompañados de los corpulentos cabestros. Un riachuelo atravesaba los prados y en cierto lugar los ganaderos habían anchado y profundizado el cauce para facilitar al ganado el acceso al agua. Cuando los astados salían del río chorreando agua de sus barrigas y sus belfos y tomaban el camino de vuelta a los campos, se quedaba mirándolos con una sensación de satisfacción mientras se alejaban y se percataba de que apenas había respirado superficialmente durante todo aquel tiempo.

Recordaba el día en que Gilete, a quien todos en el pueblo llamaban así para diferenciarlo de su padre que también se llamaba Gil, empujó entre risas al más rechoncho y torpe de la cuadrilla haciéndole caer cuando los toros estaban comiendo a unos cincuenta metros. – ¡Venga, Josico, dales unos pases toreros de esos que tú sabes! – gritaba mientras llamaba con grandes aspavientos – ¡Toro! ¡Eh, toro! Mientras los demás reían, Adrián fue consciente del peligro en el que se encontraba su compañero y se le encogió el corazón. Josico quedó agachado con una rodilla en el suelo mirando petrificado a los astados. Varias cabezas se levantaron a la vez de la hierba y observaron al intruso que había invadido su territorio. Afortunadamente, ninguno se movió del lugar que ocupaba, pero el muchacho tenía el susto en el cuerpo y era incapaz de reaccionar. Adrián se tumbó a lo largo del muro y tendió la mano a su amigo, pero este se le quedó mirando sin entender lo que le decía. – ¡Vamos, Josico, agárrate a mi mano! Al ver la expresión de desconcierto de su cara, los demás rieron aún más fuerte. Al fin el chico pareció entender lo que le decía pero sus intentos de trepar con ayuda de aquella mano resultaron infructuosos. Adrián vio que uno de los animales daba algunos pasos en su dirección. Quizá solo era movido por la curiosidad, pero no estaba dispuesto a arriesgarse. – ¡Venga, hombre! – insistió – ¡Tienes que subir! ¡Vamos! Sin embargo, lo que hizo el otro fue soltarse de su mano y caminar unos metros junto a la pared. Había visto unos huecos en ella dejados por algunas piedras desprendidas que constituían unos buenos agarraderos para utilizarlos como escala. Cuando llegó arriba, se dejó caer por el otro lado hasta quedar tumbado en el suelo mirando al cielo, con la boca abierta y el sudor empapándole la cara. Los demás miembros del grupo no podían dejar de reír y se fueron dejando caer también entre carcajadas junto a su amigo. Las bromas en el pueblo eran así de pesadas. Seguro que en un futuro no muy lejano Josico se la devolvería a Gilete y continuarían siendo tan amigos.

Días después de aquel suceso, aquella tarde Adrián se encontraba solo en lo alto del muro. No se veía ningún toro en los alrededores. Seguramente estarían en otra zona de la finca, quizás en el encinar. Se dejó acariciar por la suave brisa que susurraba entre los olivos y aliviaba en parte el calor, escuchando el canto de una perdiz que llamaba a cierta distancia. A unos quinientos metros, en una suave elevación del terreno dentro de la ganadería, se hallaba un edificio que siempre había llamado poderosamente la atención del chico. Se trataba de un pequeño palacete deshabitado de no más de doscientos metros cuadrados que mostraba signos de deterioro en su fachada. Probablemente había sido una residencia de verano o un pabellón de caza de algún antepasado del actual propietario de la finca.

Miró en todas direcciones para asegurarse de la ausencia de ganado y una idea fue tomando forma en su cabeza. Nunca habían estado en el edificio ni él ni sus compañeros, más que nada por miedo a los toros que solían pastar por los alrededores. Cada vez tenía más tendencia a observar cómo estaban hechas las construcciones, no los nuevos bloques de apartamentos ni los impersonales chalets del pueblo al que tenían que desplazarse todos los de la aldea para hacer compras o acudir al médico, sino las casonas tradicionales, la antigua iglesia o el puente de piedra del pequeño núcleo en el que vivía. Cada vez quedaba menos gente en la aldea y en cada ocasión en que una familia se iba, Adrián sentía que perdía una parte de su cuerpo, especialmente cuando se trataba de un amigo. Su familia poseía una pequeña explotación de olivar colindante con la ganadería y la idea de su padre era la de que Adrián siguiera en un futuro con ella, como había hecho él mismo tras su abuelo, aunque su rendimiento nunca había dado más que para subsistir. Sin embargo, ya empezaba a germinar en su subconsciente la idea de convertirse en arquitecto, lo que le llevaría a abandonar la tradición familiar. Se quedaba mirando preguntándose por qué no se caían los bloques de un arco en herradura o cuánto peso podría soportar una pared. Aquellos pensamientos eran, sin todavía saberlo, el germen de la afición por la arquitectura que desarrollaría en el futuro. Aquella tarde, Adrián vio la ocasión de explorar la casa que desde la distancia siempre le había atraído y después de escudriñar bien entre las lejanas encinas por si veía algún animal, tuvo la certeza de que esta vez podría llegar hasta allí sin peligro. En el momento en que sus pies tocaron la hierba, sintió una extraña sensación, mezcla de miedo y excitación, y se quedó de nuevo oteando los límites del encinar. Convencido de que no había peligro, comenzó a caminar en línea recta hacia el edificio que, desde aquella perspectiva, parecía estar más lejos.

Sus pasos fueron acelerando el ritmo de su marcha espoleados por el temor y le fueron acercando al palacete. Le faltaban las puertas y las ventanas, incluidos los marcos, probablemente víctimas del saqueo para la construcción de otras casas. Cuando le faltaban unos metros para llegar al edificio, sus ojos se abrieron desmesuradamente al ver aparecer a unos diez metros por detrás de la esquina una negra cabeza astada. El toro debía haber permanecido pastando en la zona oculta a su vista y ahora se desplazaba hacia un lado. Se paró en seco y el animal se percató de su presencia al momento, levantando la testa y mirándole emitiendo un grave mugido. El cerebro de Adrián funcionó a una velocidad sorprendente cuando decidió que volver atrás no era una opción. El animal, sin duda más veloz que él, le daría alcance mucho antes de llegar al muro. Sin apenas pensarlo, corrió hacia la entrada principal del palacete irrumpiendo en él pisando las deterioradas tablas del suelo. En aquella especie de vestíbulo no había ningún mueble y una capa de polvo tapizaba el piso de madera. Repartidos irregularmente vio excrementos que le demostraron que los toros se refugiaban ocasionalmente allí, quizás huyendo del sol o la lluvia o a pasar la noche. Se internó por el hueco donde algún día hubo una puerta que conducía a otra habitación, también totalmente vacía. Un nuevo mugido aceleró aún más su respiración. No supo si provenía del hueco de la puerta o del de la única ventana. Si se dirigía al sitio equivocado, el toro le haría papilla. Se había metido en un callejón sin salida.

Desesperado, recorrió con la mirada toda la habitación, pero allí no había ningún lugar donde esconderse, ni muebles ni objetos, solo paredes desconchadas. Agobiado por un cercano bufido, sus ojos repararon en algunas tablas del suelo que se habían combado a causa de la humedad y se habían despegado del piso junto a una pared. Sin ninguna opción de escape a la vista y sin saber él mismo por qué lo hacía, metió las manos entre la pared y las tablas y tiró hacia arriba de ellas, quizá con la esperanza de esconderse echándoselas encima o utilizarlas como endeble burladero. Las tablas se cascaron como a un metro de la pared y Adrián pudo ver que debajo de donde habían estado quedaba un agujero con apenas treinta centímetros de profundidad con gran cantidad de polvo y pequeños guijarros en el fondo. No lo pensó dos veces y se introdujo de cabeza en el hueco. Para su alivio, comprobó que el agujero continuaba por debajo de la pared y no dudó un segundo en reptar sobre los codos hacia la salvación. A mitad del hueco, sintió en sus pantorrillas el aliento caliente del que le pareció ser el diablo y redobló sus esfuerzos para avanzar por el angosto paso bajo el muro. Cuando pasó por debajo de la pared, vio claridad entrando por las rendijas entre las tablas del suelo de lo que debía ser otra habitación. Al llegar debajo, permaneció en silencio escuchando los ocasionales resoplidos del toro hasta que sus pasos sonaron alejándose por el suelo de madera y se perdieron en el exterior. Dejó pasar unos minutos hasta que sus nervios le permitieron calmarse. Viendo que no podía retroceder en aquel estrecho pasadizo, se dio la vuelta colocándose boca arriba y empujó las maderas con los brazos. No tuvo que esforzarse mucho, pues la tablazón estaba tan deteriorada como la de la habitación contigua y cedió con facilidad. Asomó con precaución la cabeza y lo que vieron sus ojos le dejó sin respiración.

Una gran claraboya en forma de cúpula ocupaba casi todo el techo de la estancia iluminándola a través de cristales amarillentos y resquebrajados, aunque milagrosamente, ninguno se había llegado a romper. Las paredes estaban forradas de cuadros, muchos de ellos retratos. Había vitrinas de exposición, anaqueles y armarios por todas partes. Pero lo que dejó maravillado a Adrián fueron los objetos que se exponían en aquella estrafalaria colección. Corales, crustáceos, aves exóticas y mamíferos disecados, insectos clavados en alfileres, fósiles, reptiles y lo que parecían ser órganos humanos conservados en líquidos dentro de frascos y toda una serie de cosas desconocidas para él. No podía explicarse, viendo el estado del resto del palacete, el motivo del buen estado de conservación de aquella habitación. Miró alrededor buscando una salida y comprobó que no existía. Extrañado, se dirigió hacia un hueco entre dos armarios y vio que allí había estado la puerta de entrada, pero alguien la había tapiado hacía mucho tiempo desde fuera, por las rebabas que exhibían las juntas entre los bloques. Seguramente por el otro lado habrían disimulado la obra de tal forma que nadie había encontrado la entrada a aquel cuarto desde entonces.

Entre los siglos XVI y XVII surgieron en Europa coleccionistas que almacenaban en sus gabinetes todo tipo de cachivaches que iban desde relojes, obras de arte, plantas exóticas llegadas desde todos los rincones del mundo, algún cuerno de unicornio, animales disecados, relojes, autómatas o instrumentos con más o menos complejidad. Se trataba, por supuesto, de colecciones privadas pertenecientes a personas de alto poder adquisitivo como un burgués, un aristócrata o un rey, que trataba su colección como un museo y la exponía a todos los visitantes de su casa. Eran los “gabinetes de curiosidades” o “cuartos de maravillas” y solo eran accesibles a aquellos designados por el dueño de la colección. El gabinete era un fiel reflejo del estatus de su dueño y por lo tanto estaba cuidado hasta el último detalle para poner en relieve la importancia del anfitrión. A finales del siglo XVIII con la llegada de la Ilustración, estos gabinetes comenzaron a abrirse al público en general con el objetivo de instruir a la sociedad. Los gabinetes fueron adquiridos en muchos casos por instituciones públicas y constituyeron el origen de los actuales museos.

Adrián paseaba alrededor de la habitación con una mezcla de temor y admiración. No quiso acercarse demasiado a un esqueleto humano cuyos huesos estaban ensamblados con tornillos. Observó una serie de calaveras de diferentes animales y cuernos de ciervo y alce. En una botella con un líquido rojizo leyó la etiqueta: Sangre de dragón. Vio un cordero con dos cabezas, un ternero con cinco patas y la cabeza de una cabra con un solo ojo. Intentaba no tocar nada, pero no pudo resistirse a empuñar como una espada una pieza recta y retorcida en espiral sobre sí misma. En la época de los gabinetes de curiosidades, lo extraño se volvía más fantástico cuando la gente presentaba lo que creía que era un cuerno de unicornio como el que tenía en la mano, que resultaría ser el colmillo de un narval.

Para la mente de un niño de ocho años aquello era realmente un conjunto de maravillas, la mayoría de las cuales no había visto nunca, incluso ni había oído hablar de ellas e ignoraba su existencia, así como su procedencia y valor. Deambuló frente a los diferentes anaqueles y vitrinas absorto en la contemplación de las piezas hasta que se percató de que empezaba a costarle verlas bien. Miró hacia la claraboya del techo y noto que estaba empezando a oscurecer. Volvió en un momento a la realidad y pensó que tenía que regresar por donde había venido. Con un poco de suerte, el toro se habría alejado y las incipientes sombras de la oscuridad le protegerían. Le habría gustado llevarse consigo toda la colección, pero el angosto agujero por el que tenía que volver no le permitiría transportar ninguna de aquellas piezas. Echó un triste último vistazo a aquel cuarto de maravillas y se dirigió al hueco bajo las tablas. Pasó junto a una mesa de patas ricamente talladas y abrió según pasaba el único cajón que tenía. Allí solamente había un pliego de papel amarillento doblado en cuatro partes. Lo desplegó con curiosidad y lo que descubrió en él habría de marcar su futuro. Se trataba de los planos de la construcción del palacete con una gran profusión de detalles. Su incipiente afición a la arquitectura le llevó a observarlo atentamente. Pero la luz menguante no le permitía apreciarlo en toda su magnitud y sin pensarlo se lo metió por debajo de la camisa y se introdujo en el agujero.

Poco podía imaginar que aquel simple papel cambiaría su destino y el de su pueblo, que con el paso de los años obtendría una licenciatura en arquitectura y que poco después se convertiría en su alcalde. Se dedicó a restaurar el viejo palacio conforme a los planos que había encontrado en su interior e instituyó una asociación para la promoción turística de la aldea. Ideó una forma de combinar la milenaria cultura del aceite y el olivar con la del toro bravo, con el especial añadido de la visita al palacete y su asombroso “cuarto de maravillas”. Todo ello contribuyó a aumentar el atractivo de la zona y propició la apertura de restaurantes en el pueblo, un pequeño hotel, bares, panadería y otros muchos establecimientos que antaño tuvieron que cerrar sus puertas por la despoblación. Muchos de los antiguos habitantes pudieron volver a sus casas e incluso nuevos pobladores se añadieron a ellos para dar servicio a todo aquel que acudía a conocer una cultura diferente a la de las grandes capitales.

 

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