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014.- Hermosa

Mariposa azul

 

Había que darle un baño. Las enfermeras se hubiesen ocupado de hacerlo con la esponja y la palangana sin moverla de la cama, como habían hecho la última semana. Pero me dio pena verla allí, en la misma posición de cada día, con la sonrisa ingenua colgándole en los labios como si nada en este mundo pudiera borrársela. Es que ya no estaba en este mundo, no “ella”, la que había visto crecer a sus hijos y sus nietos y gozado cada minuto de su vida. Esa no era una sonrisa de gozo, ni siquiera era “su” sonrisa. Aquella Paula que yo recordaba reía con cascabeles en la boca y se bebía el viento en cada suspiro. La sonrisa de esta Paula era una mueca en la que se mezclaban la candidez de quien es dichoso sólo descubriendo el mundo —como un niño que vislumbra que existe un universo más allá de sí mismo y eso lo sorprende— y la complacencia de quien tiene satisfechas las necesidades naturales: comer y dormir a horarios, vaciar el vientre cada mañana y que haya personas responsables girando en torno con cuidados adecuados y amorosos. Igual que una criatura a la que, de vez en cuando, le daba por exigir algo en tono de malcriada y los demás la complacíamos. Esa era su nueva felicidad, la que tenía impresa en la cara, la misma a la hora de orinar en el pañal que a la hora en que comía con las manos como si jamás hubiera sabido lo que es un tenedor o una cuchara.

Estuve junto a ella toda esa semana, mañana, tarde y noche. Me dormía en la silla, apoyando medio cuerpo en su cama de hospital dura como una piedra, y tomada de su mano o poniendo la mía encima de sus piernas que, a pesar del hospital y del diagnóstico de síndrome confusional, nunca dejaron de oler a esa piel que está grabada en mi memoria.

La cosa es que, el día en que le sugerí a la enfermera lo del baño, me dijo que sí y pensé que sería sencillo. Paula había olvidado muchas cosas: ya no sabía quién era yo a pesar de que me reconocía como alguien importante en su vida; sólo podía contar hasta tres y no lograba hacerlo en forma regresiva; sabía su nombre, pero no reconocía las letras que lo conformaban al verlas escritas en un papel; y decía que tenía ojos verdes aunque sus ojos eran castaños. Pero todavía recordaba cómo usar un jabón y cómo cepillarse los dientes, porque yo le llevaba agua en la palangana para lavarse las manos y le cargaba el cepillo con dentífrico porque pensaba que, si se mantenía limpia y fresca, se sentiría mejor aunque no pudiera salir de la cama. Así que la ducha me pareció una gran oportunidad para ponerla en pie e intentar que diera unos pasos. Que se saliera de la trinchera y le perdiera el miedo al suelo, a las paredes, al resto del cuarto, y que cruzáramos juntas una puerta aunque no fuera la de salida, aunque sólo fuera la del cuarto de baño. Triunfales ambas; ella apoyada en mí como debía ser al menos una vez, ya que siempre había sido yo quien se apoyaba en ella.

Si bien mis actividades fueron desplazadas para poder estar al pendiente de ella, no podía pasar las veinticuatro horas en el hospital. Allí dormía, allí comía porque había encontrado primero un almacén cercano en donde comprar sándwiches y luego, cuando entramos en confianza con otros familiares que también salían hasta los ventanales a tomar aire cada tanto, comenzamos a pedir comida en conjunto a un bar que nos la traía hasta la puerta del hospital. Alguno de nosotros bajaba y la buscaba, nos íbamos turnando y así al menos comíamos algo más consistente. También podíamos usar los baños y el dispenser de agua fría y caliente que estaban al fondo del pasillo. Pero tenía que volver para asearme y cambiarme de ropa, lavar la ropa de ella y salir a comprar lo que fuera necesario.

En esas horas a solas en su casa, el futuro me acechaba con vaticinios que me horrorizaban; sabía que la calle por la que andábamos no tenía salida y que en algún momento toparíamos con la pared infranqueable de que, por más amor que mi corazón contuviera, sería imposible ocuparme de ella como se debía. También yo tenía una vida a la que tendría que regresar tarde o temprano, y en la cual no había modo de insertarla sin que peligrara su salud y lo poco de conciencia que le quedaba: sólo los médicos, y en el contexto de un instituto, podían proporcionarle una mejor calidad de vida. Unas veces la angustia me ganaba y me ponía a llorar con o sin lágrimas, otras veces espantaba los presagios a manotazos y buscaba entre los estantes algo que llevarle para aferrarla a la realidad unos segundos más. Como si robarle unos segundos al Alzheimer fuera posible, como si sirviera de algo… Así fui llevándole fotos, cintas para el cabello, camisones bonitos, calcetines de colores, su perfume… A diario, en la búsqueda pasaba por delante de la lata de aceite de oliva, sin pensar en que pudiera tener importancia hasta que apareció la idea de la ducha, y recordé que para Paula el aceite de oliva era un bien preciado, un artículo de lujo. Mi padrino —al que le perdí el rastro mucho antes, pero seguía visitándola cada tanto— le traía varias latas de España cada vez que iba a visitar a su familia. Ella solía contarme que la calidad del aceite se comprobaba al ponerla en la heladera: si era buena, se convertía en algo parecido a la manteca batida, una crema suave y aromática. Y que, contrariamente al uso comestible que cualquier hijo de vecino le daría, ella se pasaba por el cuerpo como un cosmético cada sábado y era la razón de que su piel fuera tan suave y además le funcionaba para aliviar las contracturas. Eso del sábado también venía con un dicho: “el sábado, al sol y a solas”. Claro que cuando tomé la lata y la puse en la mochila sabía que no era sábado, que lo del sol dependía de que el azar determinara que sus rayos justo entraran por la ventana y que lo de a solas sería imposible porque no iba a arriesgarme a dejarla encerrada la primera vez. Igual, ella no iba a darse cuenta de esos detalles.

Aquello que yo creía que sería simple, lo que en mis planes tenía un principio, un objetivo y un final, fue realmente extraño y asombroso. Apenas llegué, la enfermera me advirtió que debía previo a las ocho de la mañana o por la tarde un rato antes de las cinco, porque en esos horarios el personal de limpieza desinfecta los baños y los deja en óptimas condiciones hasta el siguiente turno, incluso fue muy determinante en aclarar que yo no podía secar los pisos ni un azulejo —por política del hospital ya que, para eso, se paga al personal especializado que trabaja con mascarillas, guantes y uniformes especiales—. Preferí esperar hasta la tarde y le rogué a la misma enfermera que me dejara poner un pocillo de aceite en la heladera que tenían en su sala. Tras darme un discurso sobre lo permitido y lo no permitido y los riesgos de proporcionar a los internados cualquier alimento del exterior, accedió fingiendo que lo hacía de mala gana. Es que, aunque pusiera cara de perro con los familiares de tanto en tanto para establecer orden, no podía ocultar su costado tierno y su buen corazón.

Cuando todo estaba preparado y ya había llevado lo necesario hasta el cuarto de baño, le expliqué a Paula que iríamos hasta allí y calmé su temor de bajar de la cama diciéndole que yo la cuidaría, transmitiéndole una seguridad que no sé dónde me salió; contando los pasos lentos: uno, dos, tres, uno, dos, tres… dejando también yo atrás el miedo de que se mareara o se cayera. Al llegar, la ayudé a quitarse el camisón y el pañal y le pedí que se sentara en la silla plástica que estaba para esos menesteres. Para que fuera más fácil elegí usar la ducha de mano en vez de la de pared. Cuando sentí que el agua estaba tibia, comencé a humedecerle los cabellos de a poco. Ella se quedó de lo más quieta, como si la lluvia la hubiera encontrado un día de verano intenso en plena calle y embeberse en ella fuese un placer. Yo iba moviendo la mano para que el agua cayera en distintas partes y ella se enjabonaba, con felicidad, jugando con la espuma, con esa misma felicidad de la que antes hablé: la dicha de quien tiene aquello que necesita. Para poder alcanzar la botella champú, le pedí que sostuviera la ducha un instante. El resultado fue que en tres segundos me mojó de pies a cabeza; me apuntaba con el chorro de agua mientras reía con la boca llena de cascabeles. La dejé hacer, ya no había remedio con mi ropa. Así que reí a la par de ella como en los tiempos en que jugábamos a los carnavales con los vecinos en la vereda. Cuando vi que el agua amenazaba con salirse por debajo de la puerta, cerré el grifo y le envolví el cabello con una toalla. Ella se puso de pie para que yo la envolviera en la toalla grande, otra vez sonriente, otra vez criatura a la espera de ser cuidada.

Y entonces la vi como nunca la había visto. Desnuda, con las carnes flojas por la casi vejez y los pechos apuntando al suelo, la delgadez apretándole las costillas, las piernas y las axilas cubiertas por el vello suave —que cuando estaba sana siempre mantenía depilado—, las ojeras azul grises, el pelo negro entreverado por millares de canas plateadas, los huecos de la celulitis en los muslos tan blancos que dejaban translucir el azul de las venas, sus pecas, sus lunares, ya no tan alta ni tan enhiesta como antaño, la cicatriz de la cesárea atravesándole el vientre de par en par. Toda ella. Toda Paula. Toda mi madre. Tan hermosa como siempre había sido, más hermosa aún de lo que jamás había visto que era. La envolví en la toalla y la ayudé a secarse. Doblé la rodilla para secar los dedos de sus pies mientras ella estaba sentada en la silla sobre el mismo camisón que le sacara antes. Ella acarició mi cabeza y el corazón se me incendió de ternura; tuve el presentimiento de que me había recordado, pero también tuve mucho miedo de mirarla a los ojos y descubrir que solo era una de mis ilusiones. Cuando acabé de secarle el cuerpo y el cabello le puse el pocillo entre las manos. Ella atinó a llevárselo a los labios, pero la detuve diciéndole que no era para eso. Acercó la nariz al borde del pocillo y, apenas percibió el aroma, cerró los ojos y se bebió el viento en un suspiro. Sin abrir los ojos, me preguntó si era sábado. Le mentí: le dije que era sábado y que entraba aún el sol por la ventana. Si hubiese ocurrido un milagro, quizá ella hubiera pedido que la dejara a solas. Pero el milagro no ocurrió. Y creo que tampoco nos hacía falta. Comenzó a untarse el aceite palmo a palmo, con calma, ensimismada en el masaje como si yo no estuviera allí. Me di la vuelta para mirar por la ventana, fingiendo que no estaba, dejando que el sábado y el sol le regalaran ese encuentro consigo misma.

Así como ese día en que el aceite de oliva que mi padrino traía de España me devolvió a mi madre por un rato, hubieron otros días de complicidad entre nosotras: cuando huimos a hurtadillas del ala de internados y nos tomamos una merienda en la sala de espera vacía de hemoterapia, cuando cerramos la puerta de la habitación tras la revisión médica de rutina —a sabiendas de que nadie iba a regresar hasta más tarde— y bailamos descalzas al son de la música de mi IPhone compartiendo los auriculares para que nadie afuera escuchara el ruido, entre tantas otras alegrías que nos fabricamos para que el alma no se nos entumeciera mientras estuvo internada allí.

Alegrías que quedaron como anécdotas para rememorar con mis hijos cuando les hablo de su abuela, de Paula, la mujer más hermosa del mundo, la que el olvido no logrará llevarse y permanecerá conmigo al igual que aquella lata. Una lata vacía que nadie sabe de dónde provino, la que yo guardo en mi vitrina y utilizo como caja de reservas tras haberle quitado la tapa con un abrelatas, arrojándole dentro un billete cada tanto como si fuera una alcancía y que me salva siempre en las emergencias. Nunca les conté que allí están mis ahorros, ni tampoco les conté la historia del aceite de oliva, no saben que yo también desde entonces la uso los sábados, no al sol, pero sí a solas. Ni que cuando me veo en el espejo cada día al salir de la ducha descubro que voy pareciéndome un poco más a ella. Y que tal vez, recién ahora en mi casi vejez sin Alzheimer, empiezo a sentirme una mujer hermosa.

 

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