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010.- María, la aceitunera

Arudamertxe

 

Aceitunera de profesión y residente en España. Soy María y tengo treinta y tres años. Cumplidos precisamente este mes, cuando los olivares de los pueblos de Andalucía comienzan su breve floración.

No sé muy bien cómo llegaron a mi tierra andaluza, desde las cercanías del mar Negro, mis antepasados; pero se supone que atravesando el estrecho del Bósforo que separa Asia de Europa, en camello o en barco, en algún cargamento de mercancías, hace ya siglos.

Vinieron a esta tierra que me vio nacer, para plantar olivos y para quedarse aquí e iniciar una vida dedicada a extraer el oro verde, a la vez que criaban hijos e hijas que siguieran su tradición. Toda mi familia vive unida en una misma pedanía y nos une la profesión: unos cuidan los olivos, otros envasan su aceite, otros enseñan a los turistas nuestra maravillosa labor y algunos otros comercializan las riquísimas aceitunas de nuestros olivos centenarios.

Vivo en España. Bonito país del sur de Europa que es bañado por el mar Mediterráneo y el océano Atlántico. Una patria soleada y alegre donde las ciudades y los campos se entrelazan de norte a sur y de este a oeste.

Aquellos árboles pequeños llegados de Asia hace tantas décadas, se desarrollaron muy lentamente en este país, y hoy poseen un tronco retorcido y unas ramas nudosas, con hojas de dos tonos de color que verdean los campos donde crecen y por abril se engalanan con pequeñas flores blancas que se convierten cada año en aceitunas.

Le estoy muy agradecida a mi linaje, ya que fueron quienes plantaron los olivos de los cuales recojo sus frutos y por tanto, gracias a ese acto, estoy hoy feliz aquí, en una bonita huerta del Aljarafe sevillano, cerca de un pueblecito alegre y tranquilo. Un lugar donde brilla el sol casi todo el año y donde crecen bien las aceitunas.

Las olivas son mis compañeras de vida. Ellas que nacen para volver a crecer en esta maravillosa tierra nutritiva y formar un bonito olivo, o bien para alimentar aves, roedores o humanos con su carne… O para convertirse en aceite; ese magnífico brebaje que brilla al sol y que es verdadero oro líquido para los que lo disfrutan.

A las personas de mi familia nos gustan mucho las aceitunas y solemos comer siete piezas cada día, pues son ricas en omega 3, omega 6 y en vitaminas A y C. Nosotros las tratamos con espeto y las cuidamos como se cuida a un ser querido. En años de aridez, por haber llovido poco, regamos los árboles con cariño y con empeño; sacando agua de un histórico pozo. Aunque a los olivos no le gustan los baños, ni el frío; necesitan la preciada agua, cuando las largas raíces de los árboles no alcanzan ninguna humedad subterránea y el terreno está desabrido. Las aceitunas necesitan engordar para que sus buenas propiedades ayuden a quien las come a tener salud y bienestar.

Las olivas tienen átomos de hierro y de sodio en su carne verde y ácidos grasos mono-insaturados. Regulan el nivel de glucosa en la sangre de los seres que se las comen y también la tensión arterial. Por eso en la huerta donde vivo habitan tres generaciones de mi linaje, pues nuestra dieta mediterránea y nuestros olivos nos proporcionan una vida larga y saludable.

Antiguamente, con la carne de las aceitunas hacían una pasta que curaba quemaduras. ¿Que cómo lo sé?, pues por mis ancestros y por la información genética, esa que me transfiere mi cuerpo si lo escucho.

Todo se trasmite: las experiencias, las sensaciones, los pensamientos… Nada cae en saco roto. En esta existencia todo tiene un por qué y una razón, aunque a veces no lo sepamos, por ello soy persona que escucha a su cuerpo, a los olivos y ¡hasta hablo con las aceitunas!

La vida es así y por eso siempre se abre camino en cualquier parte, pues se archiva todo, se informa de todo a sucesivas generaciones y no hay que empezar de cero en cada existencia.

Como un holograma, cada ser es íntegramente perfecto y completo y a la vez es parte de algo mayor que a su vez se agranda otra vez más y forma el Universo. Todo es parte de algo y al mismo tiempo es un todo. Por eso yo miro a las olivas, hologramas perfectos, y ellas me narran historias. Aprendo de sus fábulas, de sus cuentos y de sus quimeras:

—Mi esencia está relacionada con mi configuración de “drupa”— me dice una Oliva—Tengo la pulpa carnosa y mi centro es leñoso. Me conforma un cincuenta por ciento de agua, veintidós por ciento de grasa, veinte por ciento de carbohidratos, seis de celulosa y un dos por ciento de proteínas. Por eso soy bondadosa y no ayudo a enfermar a quien me come, muy al contrario, siempre auxilio a todos a vivir con calidad.

—Prefiero ser comida por los pájaros que enfrentarme al tormento de los palos para que me lleven más tarde al molino a convertirme en aceite— Cuenta Olea —Conozco aves que vienen de lejos y hacen una parada en las ramas de mi olivo, antes de llegar a África. Soy amiga de jilgueros, verdecillos, zorzales y perdices; aunque conozco también a los estorninos pintos y a las currucas capirotadas, ya que también visitan el olivar del sur donde vivo.

—En las ramas de este olivo del que formo parte, he visto historias de amor entre los pájaros— Cuenta otra aceituna— Aves haciéndose caricias y arrumacos y demostraciones plumosas de grandiosidad y ternura. ¡Qué bonitas son sus plumas!

—He escuchado historias tristes y sentido la pena que vivía en algunos corazones, algunos ánimos doloridos de humanos, de roedores y de aves— Me cuenta otra hermana redondita.

Cuando las escucho pienso en que los sentimientos nos hacen sentir y sentir es signo de vida. A veces duele existir, pero nadie quiere no hacerlo. Es un milagro la vida, con sus misterios y su fuerza. Es un prodigio la energía que se mueve en torbellinos y a veces nos arrastra a lugares y formas que nunca hubiésemos conocido por decisión propia. Y vuelvo a pasear entre los olivos y siempre las aceitunas me cuentan…

—Yo se que debo transformarme en algo nuevo, dejar de ser esta perfecta forma verde y redondita para integrarme en células que necesitan de mis nutrientes para poder transitar la existencia con vitalidad y deleite. Sé que realizaré un largo viaje a través de lugares extraños y diferentes a este territorio aireado, puro, soleado y caliente donde vivo. Pero así es mi destino y el acomodo es fuerte, por eso nada ni nadie se debe resistir a su destino, solo dejarse llevar en actitud de disfrute, sin apegos y sin resistencias. Así la vida te premia, te regala su magia y comprendes todo.

—Yo, aceituna, hoy quiero decir quién soy muy alto: una reina redondita del verdor que trae la vida, un pedacito de savia envuelto en amargo gustillo. Soy la hija de un olivo que vino de Asia Menor, heredero de las aceitunas que tal vez trajo Alejandro Magno de cerca del mar Negro y que después de milenios aun coexisten en España.

—Me gusta ser como soy y servir para tantas cosas. Me gusta integrar en mi drupa tantos años de evolución de vida en este planeta. Llevo en mí no solo la energía de turcos y otomanos, sino también de kurdos, bizantinos, troyanos, árabes, cristianos y judíos. Y por supuesto españoles.

Son algunas narraciones que me cuentan mis aceitunas de este Aljarafe sevillano, cuando antes del oscurecer paseo por los pequeños senderos labrados por mi familia. Senderos bordeados de romero y lavanda y que después de un breve riego huelen a tierra mojada, ese olor especial que siempre te inspira. Entonces vibro con una longitud de onda especial y me conecto con los vegetales que cuido y siento sus mensajes dentro de mí. No soy diferente de estos árboles, estoy viva como ellos y pertenezco a la Naturaleza. Soy aceitunera de raza, de estirpe y de vocación.

En otoño siempre me gusta recapitular sus cuentos, será porque el tiempo cambia y la luz comienza a ser diferente. No sé por qué, pero me entran ganas de centrarme en la retórica de las olivas y en su intimismo. Nacieron como casi todos para integrar la cadena alimentaria de la vida, pero eso no las hace menos instruidas.

Y no quiero despedirme sin hablaros del aceite de oliva “Ingrediente básico de la gastronomía española y producto estrella de la dieta mediterránea”.

El aceite virgen se elabora con la mejor parte de la oliva y es puro zumo de aceituna. El ecológico es el de mejor calidad. Su uso es especialmente culinario, pero tiene tantas bondades que ya se usa en cosmética o medicina.

Yo hago mis cremas corporales con el aceite mejor, y tengo la piel tan tersa como si usara las cremas de “Mior”, esa que las artistas del cine nos anuncian por televisión.

Y termino mi recapitulación otoñal con una despedida “Salud y Buena alimentación” y recomendando el aceite de oliva y las aceitunas, pues para comer, son de lo mejor.

 

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