01. El desayuno

Teresa de Jesús Ángeles Galiano

 

No solía llevar reloj consigo, pues tantos años de fiel servicio habían hecho que su péndulo interior funcionase como el de la iglesia de Alcolea del Campo. En los últimos minutos había descendido la intensidad para que el final no fuera tan brusco, como si dejar el gancho de acordonar el ramón necesitase de un ritual de acomodamiento en la tierra húmeda y el ejercicio de posicionamiento fuese tal que sirviera para volver a encontrarlo después con el menor esfuerzo posible. Arrastró sus botas de piel con una gruesa capa de barro en las suelas hasta el Lada Niva, mientras inconscientemente sus pasos le llevaban por lugares donde la tierra estaba más llana, sitios que el aguacero había respetado.

La ceremonia del desayuno estaba marcada por el clima y por la cantidad de comida que Luisa le hubiera metido en la capacha. La bocanada del movimiento al sentarse fue el primer ruido pronunciado en horas, lo que hizo que se despertara la perrilla que andaba tres o cuatro olivas más al sur. No tardó el animal en posicionarse en frente de la comida, sentada como si fuera un perro de escayola.

Qué hija de perra –pensaba mientras colocaba los húmedos guantes al sol.

Debajo de la gorra estaba el pelo deformado que no admitía lavado si no era para ir a misa pues, total, al día siguiente volvería al campo. Había traído del coche una botella de agua para aclararse las manos y un botijo de vino para pasar la comida seca de la Luisa. El agua que corría por sus brazos era gélida como el rocío de las hojas en esa mañana de enero, pero el sufrimiento era en vano, pues secarse las manos en los polvorientos pantalones hacía que, sin saberlo, sus manos estuvieran más sucias que antes. La navaja tampoco se libraba de pasear de arriba abajo por el muslo del pantalón como si se tratase de un afilador. La prenda era un lienzo de historias, ya que nunca se lavó con demasiada intensidad pues, total, al día siguiente volvería al campo. El morado de la aceituna fresca que rebotaba del lienzo al remolque, el verde de las gramíneas cuando pasaba las lindes, el amarillo de los jaramagos que faltaron por curar y desbrozar el año anterior y el marrón del barro y polvo de tantos olivares recorridos formaban como uno de esos arcos del cielo que salen cuando llueve y hace sol.

La bolsa de la comida solía seguir una dieta alimenticia sobria y estable, aunque la esperanza de encontrar algo sorprendente renacía en alguna rara ocasión. Nunca había sido un hombre delicado, ya que conocía el hambre y sus penurias, pero tener a la perrilla delante como una estatua le daba la seguridad de que iba a devorar cualquier sobrante o tocino rancio que se encontrase. Empezó con el plátano. Tenía la costumbre de comenzar con la fruta para así terminar con el mejor bocado y que la sensación le durase hasta la siguiente comida. Mientras masticaba con parsimonia los mordiscos, que los llevaba de un lado a otro de los carrillos, vio a pocos pasos una caja de papel en descomposición de cartuchos Special hunter. Se acordaba de una novela que le hicieron leer en los primeros años de escuela donde un desgraciado le pegó un tiro a su perra. Él jamás haría eso.

El silencio sepulcral de los extensos olivares se alteraba con las rompeduras nerviosas del papel que envolvía el plato principal. El olor del bocadillo de jamón junto al aceite que tantas hernias le había costado hizo que la perra se recolocara un par de veces más, como si creyese que su amo no se había dado cuenta de que estaba ahí. Luisa solía cortar el jamón demasiado grueso para su gusto, pero la realidad es que no lo hacía por falta de conocimiento, sino de tiempo. Los bocados de sus desgastados dientes no permitían que cortasen la loncha de jamón, pero para él no era ningún problema porque el jamón nunca se hacía bola. Mientras comía se imaginaba en qué momento del día la Luisa lo habría preparado, porque él sabía que ella hacía muchas cosas, pero nunca sabía cuándo ni cómo. No le preocupaba no saber cómo hacía su esposa para llevar la casa adelante estando él tantas horas fuera porque ella, por poner un ejemplo, no sabía ni dónde estaban sus olivares. En una campaña de recogida de aceituna, esos buenos tiempos donde él podía contar con una cuadrilla de jóvenes del pueblo de al lado, la Luisa se presentó con una burra dispuesta a colaborar. No fue tan mala su labor, sino su final, pues cargó demasiado al pobre animal, que tirando de él hizo que tropezase y cayó el animal despeñado por un barranco que había en las inmediaciones del olivar.

Cada vez que abría la boca para maldecir a alguien que rondaba por su pensamiento, las orejas de la perrilla se subían hacia la cara y volvía en ella el gesto de alerta. La baba que le caía de la boca a las patas hacía que cambiara de posición constantemente, algo que ponía muy nervioso a su amo. Cuando se dio cuenta de que se le había olvidado darle parte del jamón, se sacó de la boca el último trozo masticado y se lo lanzó.

Cada vez que subía los brazos para sostener el botijo y darle un par de tragos al vino, el calambre del costado le contraía el brazo y hacía que parte del chorro cayera en la mejilla y algunas gotas en el jersey desgastado con bolas, que junto con las migajas se dejaba ver como un cielo estrellado. El dolor de espalda en esa postura era incómodo, aunque realmente lo era en cualquier posición. Unos años atrás, Luisa le insistió en ir a uno de esos médicos especialistas para el dolor de espalda y, después de una buena bronca y una damajuana rota por los suelos, se fueron a la capital a consulta. Un médico jovencísimo le recomendó ejercicio en piscina climatizada y sesiones de fisioterapia, unos analgésicos para la noche y unos ejercicios de yoga especiales para las lumbares, a lo que contestó el paciente que ni tenía ochenta años ni era gilipollas. El volante lo tiró en el buzón de propaganda del edificio de la clínica mientras maldecía que le hubiera tocado un tonto en prácticas. La Luisa, del disgusto, ni se acordó de las compras que tenía pendientes para hacer en la gran ciudad.

Mientras tentaba el postre y se recuperaba del último latigazo, se acordaba de su hijo. Solía asociar su malestar a su hijo y en cómo de inútil le había salido. Llevaba estudiando una ingeniería impronunciable más años que cualquier alumno, lo que obligaba al padre a doblar turno si quería pagar la costosa matrícula de la criatura. El niño, como decía la Luisa, que de niño no tenía nada, no había dado palo al agua en sus veintisiete años y las veces que había pisado el campo era para hacer desaciertos. Se acordaba de la anécdota de la anilla, cuando en la campaña su padre le mandaba las tareas más pusilánimes y, recogiendo una mantilla que abrazaba el pie de la oliva para llevarla a la siguiente, la lanzó de mala gana y la anilla de hierro le dio en la ceja al padre. No llegaba a comprender cómo se puede hacer mal una labor tan simple.

Pensando en su hijo comenzó a comer un mantecado de la Navidad pasada que Luisa le había echado para endulzarle el día, sin darse cuenta de que se estaba llevando también el papel a la boca. Probablemente fuese uno de esos dulces que se colocaron en el azafate en el puente de la Inmaculada y duraron hasta San Antón. Siempre quedaban un par de mantecados solitarios y varias peladillas con pelusa. Pensar que su hijo, en ese momento justo del día, estaría todavía durmiendo a pierna suelta, le hacía desconectar del apacible entorno y se concentraba en maldecir su raza y condición:

Maldito sea –decía mientras mascaba manteca, canela, azúcar y papel.

Había intentado por muchos medios (no todos), que su hijo le acompañase en las labores del campo. Le explicó que allí había tajo en cualquier época del año: la recogida de aceituna, la corta, quemar y acordonar el ramón, soplar, curar, desbrozar, revisar y arreglar goteros, quitar pestugas, por no hablar de hacer ruedos y pozas, pero eso eran palabras mayores. Cuando su hijo era pequeño quiso presentarle el trabajo de agricultor como un juego: trucaban las motosierras, probaban las sopladoras y hasta hacían una comida con tenedores y servilletas. Un juego que quería que le ayudase a llevar el pan a casa en un futuro. En los primeros años de universidad quiso que lo compaginara en los fines de semana, pero respetó el embuste que su hijo le contaba sobre que tenía que estudiar los sábados y domingos también. Cuando años más tarde descubrió en qué curso seguía gracias a la carta de pago del banco y lo que quedaba para terminar, quiso llevarlo con él al campo, pero Luisa intervino y medió para con su hijo. Tuvo que descargar su rabia abollando una alcuza a patadas, pues la impotencia que sentía de estar criando a un sinvergüenza le invitaba a coger la maleta del juego de casados e irse a casa de su madre.

Desde su sitio del desayuno veía las hiladas de olivos que pegaban a la acequia y cómo estaban ahogadas e inundadas por un agua sucia llena de colillas de tabaco viejo. Aunque eran árboles sin provecho, no era algo que le desmotivase, pues constantemente procuraba romper y abrir nuevas vías del canal para que llegase a su campo la hidratación justa. Era ya habitual su visita al vivero en busca de nuevas estacas y el relato del nuevo plan que le contaba al chico de turno que le atendía. Pero su enérgica esperanza se encontraba con la desilusión de que ese trabajo sería en unos pocos años nulo debido a la falta de interés del resto de su familia por el campo. Probablemente malvendería la tierra que su padre y su abuelo mantuvieron de un bisabuelo que pasó de ser arrendador a propietario. Una tierra maldita.

Era tal su inmersión que le despertó el lameteo de la perra al botijo, que una voz grave y seca fue suficiente para que se asustara y se alejara unos metros. El trasero comenzaba a humedecerse por el barro, señal suficiente para dar por concluido el desayuno. Los guantes seguían incluso más húmedos que cuando los puso a secar, pero sabía que en un par de minutos ya no notaría nada. Todos los papeles y desperdicios volvieron a la capacha, y esta al coche, que el portazo del maletero era la alarma de vuelta al trabajo en el olivar.