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009.- Cantacuco

Manuel Jiménez Barragán

 

Tú cogiendo aceituna,
yo vareando;
de ramita en ramita,
te voy mirando.

Entró en un bar; le habían dicho que era el mejor lugar para buscar trabajo. Había llegado al pueblo aquel mismo día, en el último autobús de la tarde. Después de vagabundear con la maleta en la mano sin saber a dónde ir, entró en el bar; pediría un bocadillo y preguntaría al camarero si conocía a alguien que necesitara aceituneros.

Era diciembre. Un pueblo de Jaén a orillas del Guadalquivir. Las casas eran blancas; las iglesias, antiguas; las plazas, con naranjos, palomas, gorriones y chiquillos. Y, en las calles, el bullicio del ir y venir, el ajetreo que anunciaba la recolección; habían dado la orden en las cooperativas: mañana se empezaba la aceituna.

Se estaba terminando el bocadillo y aún no había abierto la boca si no fue para comer. Veía al camarero tan atareado de un lado a otro de la barra y le daba apuro llamarlo, interrumpirlo; ya le preguntaría cuando le fuera a pagar.

—¿Buscas trabajo?

Se volvió a la voz. Era un hombre corpulento, de aspecto forzudo, el que preguntaba. Antes se había percatado que, mientras consumía el bocadillo, lo había estado observando.

—Sí, estoy buscando trabajo —contestó con voz temblorosa, quizá algo acongojado por la mole musculosa que enfrente tenía.

—Pues ya lo tienes. ¿Sabes varear?

—No. Mi padre trabaja en el campo, yo le ayudo; pero en la parte de dónde vengo no hay olivos.

—Yo te enseñaré. Termina el bocadillo y cuando quieras me llamas, te llevaré a un sitio donde puedas pasar la noche. Estoy allí. —Y señaló el lugar donde antes lo había visto. El otro hombre que lo acompañaba le hizo un saludo levantando la mano y sonriendo. Luego supo que era un maestro, el director de la escuela.

Al poco llamó para pagar la consumición.

—Ya está pagado —le contestó. Como hizo un gesto de sorpresa el camarero aclaró. —Ha sido Brazofuerte. —Y señaló con la mirada a su nuevo patrono.

Así que Brazofuerte, ese era el apodo de aquel gigante. Después se enteró, porque en los pueblos pronto te enteras de todo, que Brazofuerte le viene de una película de romanos que en una ocasión echaron en el cine. Era un legionario invencible en la pelea, daba mandobles a diestro y siniestro haciendo rodar al enemigo, aplastarlo como si de moscas se tratara. Antes de aquella película le llamaban, y todavía hay quien lo hace, Calabazo. Los dos motes le venían pintados. Su verdadero nombre, el de pila, era Juan. Sus familiares, sus amigos, todos cuando él estaba presente, lo llamaban Juanón. Que, de niño, como ya apuntaba maneras de basto, le pusieron en vez de Juanito. En fin, era inquietante, pero parecía buena persona, o eso quería creer.

Aquella misma noche Brazofuerte le dio la llave de una cochera que tenía a las afueras, y donde iba a residir lo que durara la campaña. No tenía luz eléctrica, pero le había proporcionado una linterna y un candil de aceite. Sí tenía agua y un cuarto de baño muy decente. Además, en un apartado, había un pequeño pero muy confortable dormitorio con una litera. No se podía quejar.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó cuando se iba.

—Miguel, señor.

El Calabazo dio como un resoplido cuando oyó lo de señor, no estaba acostumbrado a finuras. —¿A qué te dedicas?

—Soy estudiante. Bueno, era; ya terminé. He estudiado para maestro de escuela. Ahora preparo oposiciones.

Brazofuerte dio un portazo a modo de buenas noches. —La perra no muerde —oyó que le decía. “¿La perra?”. Sí, sentía las caricias de la cola en los pantalones.

Durmió bien y no le hizo falta despertador, no le iba a hacer mientras allí estuviera. El dueño abría la puerta, un portón enorme que corría por unos raíles haciendo un ruido retumbante. Este portón siempre se abría cuando, como era el caso, se sacaba maquinaria; cuando no, se abría una puerta pequeña de bisagras que la grande tenía insertada. Estaba amaneciendo.

En el remolque del tractor iba Miguel sentado en unos sacos vacíos. El vehículo, que circulaba por las afueras del pueblo, se paró en una esquina donde unos aceituneros esperaban; iban a ser sus compañeros, su cuadrilla. Subieron al remolque dando los buenos días. Al tractor montaron, y se sentaron en una tabla tras el asiento de Brazofuerte, una mujer madura y otra joven. La una sería su mujer; la otra, su hija. A esta última no le vio la cara, ya que se sentó mirando al frente. La otra, que estaba sentada contraria a la marcha, lo miró sonriéndole, dándole la bienvenida.

Un cuarto de hora habría transcurrido cuando, pasados varios caminos por lomas de olivares, el tractor paró el motor y todos bajaron. No paraban las bromas, las risas, el alborozo. Miguel quedó petrificado. “¿De dónde había salido aquella belleza? Seguro que era la muchacha de la cabina, la que no pude ver”, pensó. El corazón se le fue encogiendo en el pecho, o ensanchándose, que no lo sabría decir. Era lo más precioso que había visto nunca. Sus andares, su moverse, su gracia, su sal, su risa. ¿Estaría soltera? ¿Tendría novio? Y cuando ella lo miró creyó que todas las estrellas lo hacían, los cielos de mil universos; por entre soles volaba. La voz bronca de Brazofuerte lo hizo aterrizar en la realidad de un mazazo.

—¡Estudianteeee!… ¡Vente pa’cá! —Miguel se acercó. Brazofuerte, que era el manigero, se dirigía a todos—. Este año tenemos uno nuevo en la cuadrilla. ¡A lo mejor es un cantacuco! Mira, esas que han venido en el tractor son mi mujer y mi hija; a los otros ya los irás conociendo. Somos tres familias que nos juntamos en la aceituna. —Todos estaban quietos, mirando a Miguel, sabían lo que venía después, como iba a terminar el discurso: —Mi hija es lo que más quiero, si alguien le hiciera daño le pegaba un bocao en el pescuezo y lo sacudía, como hace un perro con una rata, y no paraba hasta que salieran los güesos por un lao y el pellejo por otro. —Las risotadas de toda la cuadrilla pusieron el final a la brillante alocución.

—¡No, si este año ya no hay que venir a podar! ¡Tiras al suelo más ramón que un hacha! —Había empezado el trabajo y Miguel vareaba, apaleaba, al lado de su maestro Juanón Calabazo Brazofuerte. Miguel se esforzaba, pero una parva de pimpollos resquebrajados cubría el suelo—. ¡Este cantacuco me deja sin la cosecha del año que viene!

Tampoco podía concentrarse en las indicaciones que le daban. Tantos pensamientos tenía en su mente. Seguro que aquella niña no tenía novio; con semejante padre. ¿Y qué sería eso de cantacuco? Buscaría la palabra en el diccionario nada más llegar. Probablemente no estuviera, pertenecería a la jerga del pueblo. Sí estaba seguro de que cosa buena no era.

Pasaban los días y ya Miguel apenas tenía regañinas, parecía que el amo estaba contento con él. Pronto aprendió las lindes y las veces que condujo el tractor supo dónde poner el hato. Cumplía en su trabajo y, cosa que admiraba Brazofuerte, cuando terminaban y se encerraba el tractor, él se aseaba, salía a comprar víveres para el siguiente día y se ponía a estudiar, hasta las tres de la mañana. Después dormía hasta que el ruido de la puerta lo despertaba. (Había buscado en el diccionario “cantacuco”, no estaba. Preguntó en la panadería y le dijeron que era un olivo enclenque, con poco ramaje, sin fruto). Ese era su vivir cotidiano, trabajar y estudiar. También, siempre que podía, miraba de reojo, tras las hojas de los olivos, a Lola, que así se llamaba la moza de sus suspiros.

Frente al costado de la litera del dormitorio había una mesita; sobre ella, colgado de una pequeña cinta, una estampa de la Virgen de la Cabeza; era un almanaque de grandes dimensiones. Una de las habilidades de Miguel, muy callada, era el dibujo. Así que descolgó el almanaque y por el lado en blanco dibujó con aceitunas partidas, hojarascas secas y palitroques, el retrato de Lola. Al secarse las manchas de alpechín quedó una auténtica obra de arte. Mirando el dibujo se dormía; a la luz de la zigzagueante llama del candil parecía que Lola se salía de la pared, que le hablaba, que con él iba. El retrato estaba hasta que, de madrugada, oía la puerta; entonces rápido se levantaba y le daba la vuelta para que se viera la Virgen de la Cabeza. Hubiera muerto de vergüenza si alguien descubriera lo que había en el reverso de la estampa.

Habían parado a comer. Sentados en el suelo, blando asiento del campo cuando se trabaja duro, cada uno rebuscaba en su talega; eso hacía Miguel cuando oyó unos pasos que se acercaban y la voz de Lola.

—Pobrecillo el estudiante. ¡Tiene sabañones! Te los voy a curar. —Se había sentado a su lado y le cogía las manos mirándoselas lastimosa. De su morral sacó un bote de aceite. Se echó en sus dedos unas gotas y remojó suavemente las heridas de las manos de Miguel. —El aceite es muy bueno para las pupas, las cura —decía—. Y mata a los bichillos, si ves un hormiguero les echas y se mueren. Fíjate si es bueno. Además, lo rico que está con pan—. También servía para tener entre sus manos las de Lola. Sí, el aceite era maravilloso, pensó. Ya no pudo comer, un nudo tenía por algún sitio entre el estómago y la garganta; mejor eran cien nudos, bien apretados.

El aprecio hacia Miguel crecía, por su sencillez y prudencia, por su buen trabajo. Se había hecho una pieza fundamental en el funcionamiento de la cuadrilla. Ahora casi todos los días él era el que ayudaba a Juanón en la almazara y después iba, ya solo, a encerrar el tractor.

Aunque había días que…

Miguel había dejado que sus compañeros terminaran de espulgar y se había ido a otro olivo; uno muy cerquita de donde estaba Lola. Vareaba y la miraba, vareaba y la miraba, a escondidas. Retumbó la voz del manigero:

—¡¡Estudianteee!! ¿Qué haces ahíííí? ¿¡No ves que esa oliva está vareááá!? ¿No te das cuenta que no caen aceitunas? ¡Que llevas un buen rato dando palooos! ¡¡So cantacucooo!! —Y este mismo suceso se repitió en otras ocasiones. Claro que hubiera sido peor si Brazofuerte supiese el motivo de los despistes.

Iban pasando los días y llegó Nochebuena. Cuando Miguel se disponía a estudiar se presentó en la cochera Juanón.

—Me da lástima que la perra pase la Nochebuena sola. Bueno, estás tú; pero tú no eres su familia. Me da lástima y he dicho voy y me la traigo, que esté con nosotros. Y luego he pensado que también tú podías venir. Ya lo sabes. Te esperamos.

Allí se presentó, la sola idea de que iba a poder estar cerca de Lola, de poderla contemplar sin hojarascas estorbando, de hablar con ella, pudo con el deseo, también poderoso, de no acudir. Nunca había ido a la casa. Llegó, la puerta de la calle estaba abierta. Pasó al zaguán y tocó el timbre, pronto apareció tras una cancela de barrotes rodeados de hojas de hierro ella, Lola venía a abrirle. La conocía con la ropa de aceitunera, con el pañuelo tapando el pelo de su cabeza, menos aquellos rizos atirabuzonados que se le escapaban. Quedó quieto, embobado. Los labios perfectos de alas pintadas le sonreían, los ojos de almendra marcona lo miraban. “Dios mío. ¿Cómo puedo yo imaginar que sea para mí?, un príncipe es poco para ella”, pensó.

—¡Pasa! ¿Estás alelado? ¿No me conoces? —Había abierto la puerta y reía, con esa música que era su risa.

Lo sentaron entre Juanón y su hijo, un niño de diez años que ya apuntaba maneras juanochescas. Enfrente, la luz, la gracia y la hermosura: Lola.

Tras muchas palabras de la familia, otros tantos silencios de Miguel, y bastante comida, Dolores, la madre, se levantó y fue trayendo instrumentos: una guitarra que dio a su marido y una botella para Miguel. Brazofuerte templó la guitarra —le sentaba tanto como si a la Virgen de la Cabeza le hubieran cambiado al Niño por una escopeta—. Dolores tenía una zambomba; Lola, un pandero. Todos comenzaron una canción. Lola miraba a Miguel:

Tú cogiendo aceituna,
yo vareando;
de ramita en ramita,
te voy mirando.

Juanón guitarreaba, sin acordes, a lo que salía, con una sola mano. El pequeño Juanón golpeaba la mesa con un plato llevando el ritmo. Miguel creía que rascaba una cuchara por la botella. No se atrevía a mirar a Lola; sentía su mirada como ramas cargadas de hojas que huracanes movían golpeando sus párpados.

Al día siguiente, que por ser Navidad no se trabajaba, Lola fue a la cochera a llevar a la perra y decirle a Miguel que aquella noche también lo esperaban para cenar. Abrió la puerta y se lo encontró estudiando. Al verla se levantó y se acercó a ella. Pero Lola se había quedado paralizada, miraba su cuadro, el dibujo que colgaba en la pared.

—Miguel, ¿tú me quieres? —le preguntó mirando con dos dulzuras. Pero Miguel no estaba para responder, ni para pensar. Era la primera vez que pronunciaba su nombre y el aire estaba acariciando cada letra: la M, la i, la… Sintió un temblor en sus labios, como el corazón de un pajarillo latiendo loco, como si unas alas quisieran volar en su boca; Lola lo estaba besando. —¡Yo a ti sí te quiero, mucho! Dio un fuerte sollozo y salió huyendo.

Los días siguientes, hasta el último de la campaña, pasaron en un rato. Miguel, que ahora los vareadores tenían que ayudar a las mujeres porque la aceituna estaba casi toda en el suelo, procuraba colocarse siempre al lado de Lola; cuando no, la miraba al amparo de las ramas. Por la noche, todas las noches —Lola había convencido a sus padres para que el Estudiante, ya que era maestro, le diera clase a su hermano Juanito— la veía tras las barras y hojas de la cancela, ella siempre iba a abrirle, cada día con más destello.

Llegó el fin de la campaña. Esa jornada trabajaron hasta el mediodía. Celebraron la fiesta del remate hasta que el sol se puso. Hubo comida, alegría y vino.

Miguel iba a dormir, dio la vuelta al almanaque y apareció Lola. Se acostó, de costado mirando la estampa de la pared, como cada noche. Los ojos se le cerraban, el candil tenía la llama mortecina del poco aceite que le quedaba. En su duermevela oyó gimotear a la perra, como cuando llegaba Lola; el animal tenía un ladrido para cada uno y Miguel ya los distinguía. Como si una pequeña brisa soplara, la llama se apagó. Miguel vio en su sueño como ella salía de la pared y se metía en sus brazos.

—¡Cuánto te quiero! —le dijo el sueño.

—¡No más que yo a ti, vida mía! Mañana me voy. ¿Te vienes conmigo?

—No, te esperaré.

—Voy a comerme los libros si eso hace falta para tenerte.

—Yo te esperaré.

—¿Y si no vengo? ¿Y si no apruebo?

—Yo te esperaré, te esperaré siempre. Te esperaré durante años. Cuando tú quieras volver, aquí estaré. Y cada vez que oiga llamar a la puerta correré a abrir por si eres tú. Y si me llega la vejez, ya anciana que no pueda andar, me arrastraré a la puerta por si eres tú el que llama, para abrirte.

—¡Volveré! —susurró al sueño.

El cuerpo desnudo de Lola se apretó al suyo. La cama de hambres abrazadas se había convertido en un carrusel. Y daba vueltas, vueltas y vueltas, con velocidad galopante, infinita.

Aquel amanecer no tuvo puerta que chirriara. Miguel abrió los ojos y miró a la pared, como hacía siempre al despertar; el cuadro no estaba. Recordó su sueño, inocentemente buscó el dibujo en la cama. Las sábanas olían a efluvios de recónditos manantiales, a sudor y a lumbre. El embozo tenía manchas rojas de labios; flores rojas había sembradas en la piel de Miguel, rojas y moradas.

Era la mañana del 3 de septiembre de 1984, Miguel volvía al pueblo de la aceituna. Al bajar del autobús se encontró de bruces con Brazofuerte.

—¡Estudiante, ya estás aquí! ¡Vienes muy pronto! ¡Mejor, así podrás ir a la boda de Lola!

—¡Qué! ¿Es que se casa? —preguntó hecho una piedra de duro desgarro.

—¡Sí! El novio tiene muchas olivas.

Ya no oía, no conocía el lugar donde estaba, por donde iba. En aquella tormenta los pensamientos tronaban:

“¿Para qué le había servido trabajar tanto?

La que siempre lo iba a esperar.

La que en la vejez se arrastraría hasta la puerta para abrirle.

Tenía que verla, que le dijera a la cara que no lo quería”.

Se encontró en la puerta de la casa, la rabia lo había guiado. Entró y llamó. Se oyó un correr, como un torrente de campanas, apareció tras la cancela ella, Lola; por las hojas y los barrotes. Sonreía como solo saben los ángeles.

—¡Tu padre me ha dicho que te vas a casar! —gritó a los cristales.

Abrió la puerta lentamente; pensando que, alargando más la espera, agrandaría la felicidad del reencuentro… —¿Y tú te lo has creído?

La cogió de la mano y la arrastró dentro de la casa. Encendido en fiebre se enfrentó al dueño:

—¡Lola me quiere y yo soy el que se casará con ella! ¡Aunque me pongan delante un ejército de brazofuertes! ¡¡Y si usted se opone le morderé el pescuezo y lo sacudiré como a una rata!!

—Sabíamos que venías de maestro. Solo quería comprobar que no eras un cantacuco —respondió riendo. Se levantó y el oso le dio un abrazo. Miguel ni sintió el dolor de costillas rotas.

Tenían sus manos juntas. Lola lo miraba, como cuando las miradas comen.

Yo cogía aceitunas,
tú vareabas;
de ramita en ramita,
¡ay!, te miraba.

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