MásQueCuentos

005.- Se acerca el invierno

Charlie a secas

 

El avión descendió y noté el cambio de presión en los oídos. Me apresuré a pinzarme la nariz sintiendo un inmediato alivio. Como siempre que lo hacía recordé mi época de submarinista, cuando pinzarte la nariz mientras te sumergías era una maniobra tan natural como respirar. El avión tomó tierra y contuve la respiración sin apenas ser consciente, sabía que la mayoría de accidentes se producían en el despegue o en el aterrizaje. Todo iba bien. Me puse a pensar en ella.

La había conocido en su Erasmus y nos habíamos enamorado cuando casi le clavo un dardo en el pub de O´Donell, junto al colegio universitario femenino de Dundee.

— ¡Estás loco! Aquí hay personas, imbécil.

Yo creo que me enamoré cuando me insultó en ese español tan peculiar y que no me canso de escuchar. Después me enteraría que en Andalucía se suelen comer las vocales y tienen un acento más endemoniado conforme más al sur te desplazas. Mi segunda lengua era el español por lo que no tuve dificultad en entenderla. Creo que su tono de voz y las circunstancias hubieran hecho posible el hacerlo, aunque me hubiera hablado en hebreo.

—Estás en el campo de tiro, guapa. Mira por dónde vas. Así no vivirás mucho.

La discusión subió de tono y en el pub hacían apuestas cinco a uno a favor de la española que mostraba una mala leche que acojonaba. Así que decidí ser un caballero antes que un amputado y la invité a una cerveza asumiendo mi derrota ante ella y ante la partida de dardos que jugaba.

—Me llamo Mariola —me dijo bebiéndose media pinta de un trago.

—Yo, Andrew. Andrés —le contesté sin poder dejar de mirarla.

El curso pasó velozmente mientras ella se graduaba en ingeniería forestal y yo en literatura inglesa. Se mudó a mi piso de estudiantes y perdió la virginidad mientras escuchábamos a Lou Reed en Satellite of love. Lo sé, no es una canción muy larga.

—Tienes que venir a mi casa, mi padre estará encantado de que mi novio haya estudiado literatura. Quiero presentártelo. Di que sí, di que sí…

No supe negarme.

—Hay un problema.

— ¿Cuál?

—No puedo ir en verano. En verano trabajo como socorrista en Glasgow. Ya cuentan conmigo. Así que me perderé el sol de España.

—Pues en otoño.

—Imposible. En otoño se celebra el festival de cuentacuentos de Edimburgo. Tengo que escribir los cuentos, prepararlos…, imposible. Es algo que no quiero perderme, mi afición a la literatura nace de ese festival. Pídeme un riñón y te lo daré, pero no me pidas que me pierda el cuentacuentos.

—Ya sé lo que te pasa, no quieres venir.

—Eso no es cierto. Seguro que tu padre insulta el doble de bien que tú. Me muero porque me insulte. Iré en invierno ¿trato hecho?

—¡En invierno!

—Sí ¿qué pasa? Por mucho frío que haga en España en invierno te aseguro que no es ni parecido al que hace en Escocia. Lo soportaré.

—No es por eso.

— ¿No, por qué es entonces?

— ¿Has cogido alguna vez aceitunas?

Tras coger el equipaje me dirigí a la puerta de recepción. Mariola me recibió con una sonrisa enorme a la vez que se echaba en mis brazos. Nos besamos y todo fue perfecto. Solo faltaba la música de un violín. En lugar de eso escuché una carraspera. Qué poco oportuno, la ignoré. La carraspera insistió. Mariola se separó de mí bruscamente.

—Andrew, este es mi padre: Nicasio —dijo mostrándome con la mano a un hombre fornido, bajito y enjuto. ¿Cómo había dicho que se llamaba?

—Así que tú eres Andrés —el hombre se lanzó a por mí ignorando la mano que automáticamente yo había levantado y me abrazó palpándome como si me registrara. Eso hizo que me sintiera incómodo. No conocía las costumbres españolas más allá del idioma que llevaba años estudiando, pero no me arredré y en aras de una rápida adaptación a las costumbres locales me puse a palparlo de igual manera. Y ahí estábamos, tocándonos a punto de llegar al orgasmo cuando “Nicaso” me cogió de los antebrazos y me plantó dos besos en las mejillas que sonaron por encima de los altavoces del aeropuerto.

—Bienvenido. Vámonos, tenemos un largo camino hasta Jaén —dijo “Nicaso” mientras cogía mi equipaje y dando unas zancadas enormes voló hacia el aparcamiento.

Ya en el coche la animada conversación hizo que el viaje transcurriera veloz y sin apenas darme cuenta atravesábamos un lugar donde mataban y tiraban a los perros, por lo visto muy famoso, frontera natural de la región andaluza con el resto de España.

—Esta semana hará bueno —predijo “Nicaso” en voz alta.

—Mañana, al campo —continuó Mariola.

—Eso —intervine yo imbuido en la confianza de haber pasado más de dos horas conversando en el reducido espacio que conforma un automóvil—, mañana a hacer lo de las aceitunas.

—Se dice recoger, Andrew. Mañana iremos a recoger aceitunas. Y pasado, y el otro…—la voz de Mariola se me hizo inaudible al mirar por la ventanilla lateral de coche. Después de una serie de túneles se abría hasta donde la vista llegaba un mar de olivos. Miré por la contraria, y lo mismo. Olivos y olivos por todas partes formaban olas en el paisaje.

— ¡Dios santo! —exclamé.

“Nicaso” rio con fuerza.

—Lo mismo se piensa tu novio que tiene que recogerlos todos. Tranquilo Andrés, solo nos toca la mitad—terminó diciendo con tono serio.

—Claro, hombre. Solo es la mitad —siguió hablando Mariola.

— ¡La mitad! ¿Pero cuántos hay?

— ¿Cuántos dirías? —me preguntó Mariola.

—Hay, hay…, muchos. Conforme íbamos devorando kilómetros intentaba establecer un algoritmo lógico que me permitiera estimar un número aproximado. Las lomas se sucedían perpetuas en el monótono paisaje y yo sudaba cada vez más pensando que mi novia, lejos de parecer la encantadora y fogosa mujer de la que me había enamorado, era en realidad un maligno demonio enviado al norte para atraer mano de obra barata en un trabajo de condena por un delito que yo no había cometido. Entre intentar contar olivos y pensar cómo pelearme definitivamente con Mariola para escapar de todo aquello llegamos a nuestro destino.

— ¿Qué, los has contado? —me preguntó “Nicaso”.

— Joder, no. Pero tendréis máquinas, ¿no? Máquinas muy grandes.

—La aceituna se recoge a mano, Andrés. —Intervino Mariola—. Desde tiempos de los romanos. Ya verás mañana, pero no te preocupes, tú piensa…

—Ya. Solo la mitad —contesté.

Esa noche dormí mal. Iba en una Galera con cadenas a los remos mientras un negro enorme hacía restallar su látigo en mi espalda a la vez que me acuciaba a que remara más rápido. Yo lo estaba dando todo, pero el barco apenas se movía. A punto de desfallecer miraba a mis compañeros remeros buscando algo de solidaridad, pero me daba cuenta que faltaban la mitad.

Mariola me despertó con un casto beso en la mejilla. Aún era noche oscura y entresueños vi claramente al negro del látigo besándome y encontré poco consuelo en nuestra nueva relación. Prefería el látigo.

—Andrés, Andrés…, soy yo, Mariola.

Escuché la voz lejana mientras el negro se difuminaba.

— ¡Mariola! —exclamé aliviado.

— ¿Por qué gritabas? Estabas teniendo una pesadilla. Dime, ¿con quién soñabas?

Intentando aclarar mis pensamientos no acerté a contestar. Aún seguía teniendo el recuerdo de aquel beso de la bestia en mi cara y trataba de ubicarme.

—Venga, vago. Ya es la hora. Arriba. Tenemos muchas aceitunas que recoger —la voz de Mariola timbraba alegre y desenfadada, pero a mí me hizo dudar y miré su mano a ver si había un látigo.

—Pero si es de noche —argüí.

—Dejará de serlo pronto. Tenemos que salir ahora para aprovechar todas las horas del día. Hay mucho trabajo.

—Pero si no vamos a terminar nunca, Mariola. Es imposible —Mariola sonreía—. Yo creo que hay trabajo al menos para diez años. ¿Te puedo hacer una pregunta?

—Dime.

— ¿Cuántos hay?

—Sesenta millones.

—¡Tú y tu padre estáis locos! Pero qué clase de personas sois, ¿esperáis recoger treinta millones de olivas en una semana? Se os ha ido la cabeza. Pensé que eras una persona normal, yo…, no parecías estar chiflada en Escocia, pero estás chiflada. ¡Y “Nicaso” también!

— ¿Cómo lo has llamado?

— ¿A quién?

—A mi padre.

—“Nicaso”. ¿No es “Nicaso”?

Las risas de Mariola se oyeron como un estruendo en el silencio de la noche. Sin poder parar de reír se sentó sobre la cama y se retorcía una y otra vez sin poder contenerse.

—¡Vais a despertar a todo el pueblo! —dijo “Nicaso” apareciendo por la puerta de mi dormitorio.

Entre carcajadas Mariola se levantó y fue hacia su padre a quien besó en la mejilla.

—Pero, ¿qué os pasa?  —preguntó de nuevo su padre.

—Ni caso, papá. No nos hagas ni caso —dijo riendo aún más fuerte Mariola para terminar, sin poder dejar de reír, apremiándome a que me levantara.

—Hay café preparado. No desayunes que lo haremos en el campo. Te he dejado ropa sobre la silla, póntela toda que hace frío. Te espero con “Nicaso” arreando los bártulos en el Land Rover.

Dicho esto, cogió a su padre por el brazo y lo arrastró fuera del dormitorio. Mientras se cerraba la puerta, oí parte de la conversación que se iniciaba entre padre e hija.

—¿Cómo me has llamado?

Mientras tanto tomé asiento lentamente sobre la cama sin entender muy bien lo que ocurría. No entendía las risas de Mariola ni su buen humor ante la tarea descomunal que nos esperaba. ¿Sería masoquista? ¿Bártulos? ¿Land Rover? Esta era una tierra extraña.

Al final entendí lo del Land Rover. Era como llamaban a un todo terreno donde me monté atrás junto con otros a los que supuse también enamorados. El todo terreno no tenía suspensión e íbamos botando todo el rato. En las cuestas nos apretujábamos unos a otros en una especie de sándwich humano en el que unas veces te tocaba la parte de arriba y otras la de abajo. Entendí que Mariola —ese ser infernal—, me dijera que no desayunara. Hubiera sido espeluznante.

Nos detuvimos en medio del mar de olivos. No vi nada en especial que indicara que ese, o aquel, era un olivo especial que supusiera el olivo cero por dónde empezar, o el jefe olivo, o yo que sé qué cosa. Pero nos bajamos del todoterreno y bajamos los bártulos, que resultaron ser unas cestas, una especie de redes de pesca —no seguí haciéndome preguntas al respecto por temor a que la cabeza me estallara— y unas varas muy largas.

“Nicaso” se acercó y fue repartiendo los bártulos con órdenes precisas que eran escuchadas y obedecidas por los enamorados sin preguntas que hacer. Cuando llegó mi turno me dijo.

—Tú con Mariola. Haz lo que ella te diga y así vas aprendiendo.

Mariola cogió una red de pescar y me indicó que la siguiera. Cuando llegó a un olivo cualquiera empezó con la lección.

—Esto son mantos. Se ponen a la sombra del olivo. ¿Ves? Así —Mariola desplegaba de forma hábil la red bajo las ramas del olivo, circundándolo. Después siguió con la explicación—. Esto sirve para que cuando se vareen las aceitunas, el fruto caiga aquí, después lo recogemos y lo llevamos al remolque. Cuando el remolque se llene, nos vamos.

Mientras nos dedicamos a poner mantos bajo los olivos, Mariola tuvo a bien explicarme su bromilla sobre los treinta millones de olivos. Me sentí estúpido, pero me dieron ganas de besarla de la alegría que me entró. Me contuve, no fuera a aparecer “Nicaso” entre olivos.

—No es “Nicaso”. Es Nicasio —me explicó entre risas Mariola mientras yo sudaba la gota gorda acarreando mantones repletos de aceitunas.

Después desayunamos migas y nos fuimos al caer la tarde. Trabajé como un mulo toda la semana acordándome cien veces de la expresión de Mariola en nuestra ya lejana conversación en Escocia. ¡En invierno! Dijo. Y no paraba de repetirme que venir a España en invierno era muy parecido a ir a Etiopía en plena plaga de langosta.

La semana pasó y volví a Escocia con varios kilos menos y un montón de experiencia en el campo andaluz. Alcuza, vareo, hilada, picual, agujetas…, mi vocabulario se había enriquecido en términos que, seguramente, jamás volvería a utilizar. Cuando nos despedimos en el aeropuerto, supe que nunca volvería a ver a Mariola. Había estado bien, pero nuestras vidas se separaban demasiado a partir de ahora. Ella gestionaría el olivar de su padre que tenía poco más de cien cuerdas de extensión. Para eso había estudiado. Mi licenciatura en literatura me llevaría, sin duda, lejos del campo.

Aún me acuerdo de aquella experiencia tan distinta, del olor a campo, de comer con hambre, de dormir con sueño, de vivir levantado con la luna y acostado con el sol. Ahora, cuando me encuentro con un poco de aceite de oliva el cuerpo me tiembla y la tierra me reclama como a un hijo que tuvo y se alegra de volver a ver.

Comparte con tus amigosTweet about this on Twitter
Twitter
Share on Facebook
Facebook
Scroll Up