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003.- El frío te calará los huesos

Teo Torriatte

La lluvia caía con fuerza, chocando con los vidrios de la puerta de la casa rural. Martín aún no había llegado, y Mariona empezaba a inquietarse. Desde que el pueblo se había ido quedando desierto, la casa de los Puig-Galí era la más aislada de las tres viviendas que quedaban ocupadas en San Guillermo de Fiterons, un lugar que ya no existe.

Con el estallido de las guerras carlistas, donde la región tuvo un papel destacado, los pueblos fueron quedándose vacíos. La derrota del Mariscal Benet Tristany, atrapado en una emboscada y fusilado en el año 1847, y el posterior exilio de su sobrino Rafael dejaron la zona proscrita a ojos del resto del país.

El invierno de 1855 había sido especialmente duro en la región, y el frío, que siempre ha sido buen amigo del hambre, provocaba que los ánimos de los pueblerinos no estuviesen especialmente exaltados. De puertas afuera todos manifestaban su apoyo a Rafael Tristany y continuaban rezando por el alma de su tío Benet, a quien consideraban un héroe. Pero de puertas adentro, cuando nadie los oía, confesaban interiormente que estaban cansados de tanta lucha, de tanta hambre y de tanta guerra. Y que, al fin y al cabo, reinara Carlos o reinase Isabel, a ellos, los siete habitantes de San Guillermo de Fiterons, poco les había de afectar. Pero nadie se atrevía a decirlo en voz alta, por miedo a ser tildado de traidor a Dios, el orden natural del cual disponía que solamente los hombres pueden regir los destinos de un país. Cualquier cambio en este orden natural solo conllevaría miseria moral, depravación, y un castigo eterno en el infierno. Eso decía la Biblia que cada día les leía Mosén Alfonso, el rector de la vila donde bajaban cada mañana a escuchar misa, porque en su pueblo ya no les quedaba ni una capilla.

Era marzo de 1856. Mientras un día parecía primavera, al siguiente volvían al invierno más tenebroso. Aquel jueves era de los segundos. Finalmente, Martín apareció, calado hasta los huesos y con una expresión en el rostro que Mariona no le había visto jamás.

— ¿De dónde sales, Martín? Estaba angustiada.

— No te lo puedo decir, Mariona. Me tomarías por loco. Solamente debes saber que de ninguna de las maneras puedes entrar en el bosque de olivos. Lo que he visto y oído es suficiente para volver loco al más centrado de los hombres.

— Debes tener fiebre, Martín. Este frío se te calará en los huesos. Ve a cambiarte, te calentaré un tazón de leche y te meterás en la cama. Mañana hablaremos, si quieres. No olvides rezar antes de dormir.

Martín, no obstante, no podía dormir. Ni la leche, ni las hierbas que le preparó Mariona horas más tarde, ni el vaso de ratafía pudieron nada contra la insoportable certitud que alguna cosa terrible planeaba sobre San Guillermo. El mismísimo Benet Tristany se le había aparecido en medio del bosque para prevenirlo.

Mariona se levantó con la primera luz del día. Atareada en la cocina, preparando el magro desayuno para su hermano, pensaba en cómo se le había escurrido la vida sin darse cuenta. De joven había estado muy enamorada de Juan, un vecino del pueblo, pero este había escogido casarse con Providencia. De golpe, se hizo mayor, y al cumplir los veinticinco tuvo que admitir que se quedaría para vestir santos, viviendo en el caserío de sus padres y comiendo lo que su hermano quisiera darle como limosna. Aún ahora, cuando veía a Juan y Providencia acompañados de su hija Isabel, una punzada de dolor le atravesaba el corazón. Nunca sabría lo que significaba ser querida, qué quería decir tener un hijo o un marido. Había pensado en hacerse monja, pero Martín le pidió que se quedase con él para poder ocuparse de las tareas de la casa, puesto que él tampoco estaba casado. Los Puig-Galí parecían condenados a una soledad eterna y al olvido perpetuo. No habría hijos, nietos ni bisnietos que los recordasen años después. Nadie llevaría flores a sus tumbas cada dos de noviembre.

La voz de Martín quebró los pensamientos de Mariona. Comieron en silencio y luego él salió, sin decir nada más. Mariona presentía que, pese a todo lo que le había dicho la noche anterior, Martín iría de nuevo a adentrarse en el bosque de olivos, que otrora había sido la fuente de riqueza del lugar.

Mientras tanto, en casa de los Aubet, Providencia y Juan discutían sobre la conveniencia de mudarse a la capital.  Iba contra sus principios, sí, pero cuando el hambre te persigue y la niña llora cada noche por tenerse que ir a la cama con el vientre vacío, uno ha de pensar en cosas que de otro modo nunca imaginaría hacer. Sería provisional, se dijeron. Solo unos meses, hasta que Rafael Tristany vuelva del exilio y San Guillermo vuelva a ser un pueblo con cultivos y animales, y el aceite volviese a ser oro. No lo hacían por ellos, lo hacían por la única hija que les quedaba, y seguro que Dios lo entendería.  Juan salió de casa convencido que aquel sería el último día que pasaría en San Guillermo. Y así fue, aunque no por los motivos que él deseaba.

No fue hasta las nueve de la noche cuando Martín Puig-Galí, acompañado del viejo Félix, se presentó en casa de los Aubet para dar la noticia a la ya viuda. Juan había caído fulminado, de forma aparentemente súbita. Martín sabía perfectamente que la razón debía ser la misma que el día anterior le había sorprendido a él. Martín era unos años mayor que Juan Aubet, pero era también mucho más fuerte. Tanto, que en el pueblo se decía que los enterraría a todos. Pero si el espectro del Mariscal había conseguido espantarlo como nunca nada lo había hecho antes, no era de extrañar que a su pobre vecino un acontecimiento así le hubiese provocado una muerte instantánea.

El velatorio y posterior entierro del difunto fueron modestos. Mariona no asistió, pretextando un fuerte resfriado. La realidad es que no se veía con el suficiente coraje para despedirse para siempre del único hombre a quien había amado. Y mucho menos aún de darle el pésame a su viuda. De vez en cuando todavía se sorprendía a sí misma fantaseando con el día que Juan quedase viudo y entonces poder ofrecerse a él, como una segunda madre para su hija Isabel. Cada vez que eso pasaba, rezaba para hacerse perdonar los pensamientos impuros y bajaba a la capilla de Mosén Alfonso a confesarse. Sin embargo, a partir de ahora ya no necesitaría hacerlo nunca más.

El antiguo cementerio había quedado completamente destruido por la guerra, y los cadáveres que alojaba habían sido quemados por el bando rival. Ya no quedaba nada de los antiguos habitantes. Ahora, Juan tenía el triste honor de inaugurar el nuevo y diminuto cementerio de San Guillermo. En un trozo de muralla que había quedado en pie, rodeado de olivos, cavaron un orificio donde alojaron el modesto ataúd. La muralla era suficientemente grande como para añadir algunos nichos más. Y allí, apartado de las tres casas y antes de entrar en el bosque, dormiría para siempre Juan Aubet.

Pasaron algunos meses, los justos que la costumbre requería para guardar el duelo formal del difunto marido, cuando Martín y Providencia anunciaron que se casarían al verano siguiente. Sería una ceremonia religiosa, sencilla, sin papeles oficiales y sin invitados. Desde entonces, la dueña de la casa sería la actual viuda de Aubet. Mariona podría continuar viviendo en el caserío, trasladando su cuarto al antiguo palomar. La que hasta aquel momento había sido su habitación pasaría a ser la de Isabel. El nuevo matrimonio tendría la vieja alcoba de los padres Puig-Galí. Humillada, viéndose por segunda vez en su vida desterrada por Providencia, Mariona se negó a aceptar aquel arreglo doméstico. Cogió sus dos viejos jerséis de lana y su raído abrigo negro y se marchó de la que hasta entonces había sido su casa sin ni tan siquiera cerrar la puerta. Se adentró en el olivar, pese a lo que su hermano le había advertido tiempo atrás, y por la noche corrió a refugiarse en la antigua vivienda de Aubet, aquella que había soñado tantas veces que un día sería suya cuando se casase con Juan. Ahora, cruelmente, era su esposa quien reinaba en casa de Mariona, y ella había de conformarse con ser una intrusa en la morada de los Aubet, vacío y abandonado. La presencia de Juan se sentía aún en las estancias. Su ropa continuaba en el armario, y sus viejos zapatos en la puerta de la entrada. De pronto, se sintió feliz. Ahora tenía a Juan para ella sola. Al fin. Impulsada por una extraña fuerza que la empujaba a volver al bosque, se dirigió hacia allí.  Ya no temía nada.

Al día siguiente, transfigurada en un espectro, apareció de nuevo en la casa Puig-Galí. Ella también había visto el espíritu del Mariscal, el mismo que antes vieron Martín y Juan. No dijo nada. Subió al antiguo palomar y se acomodó allí. Pacientemente, esperó el regreso de su rival, que volvía de misa. Una gran piedra, lanzada desde el punto y la altura exactas, fue todo lo que necesitó para eliminar eternamente a aquella que la había echado de tantos lugares a la vez. Huyó corriendo, mientras los gritos de la niña que lloraba por su madre resonaban por todo San Guillermo. Aunque la criatura juraba haber visto un fantasma que se escapaba desde el palomar, justo después de haber tirado una piedra a la cabeza de su progenitora, los vecinos concluyeron que la muchacha estaba demasiado afectada y no era víctima de algún delirio alucinatorio. La versión que Martín explicó a todos fue que la piedra se desprendió del tejado medio en ruinas, y que ya había advertido a su esposa, por activa y por pasiva, que era peligroso acercarse.

Desamparada, sin una madre, al encargo de un padrastro que ni la quería ni sabía cómo ocuparse de ella, Isabel solo sobrevivió unos meses más. Una neumonía mezclada con una melancolía infinita que la consumía entre lágrimas la mandaron a la tumba. En menos de dos años toda la familia Aubet había fallecido. Martín volvía a estar solo, pero Mariona no volvió al caserío. El olivar y la vieja casa de los Aubet eran ahora su hogar. Allí invocaba el espíritu del Mariscal, soñaba con Juan y continuaba odiando el recuerdo de Providencia, aún sabiendo que jamás podría echarla de ningún otro sitio. Y, no obstante, sabía que desde el más allá, su cuñada y rival había ganado la partida. Consumida por los remordimientos, Mariona se quitó la vida el veinticuatro de diciembre de 1858, al filo del mediodía. Usando uno de sus jerséis, se colgó de un olivo. Su hermano la encontró semanas después, medio devorada por las alimañas que pululaban por la región. La reconoció por los zapatos, los mismos que había llevado en las dos últimas décadas. En secreto, la llevó a enterrar a uno de los nichos que quedaban vacíos en la muralla. Sin iniciales, sin fechas ni dedicatorias, como tampoco los había en el nicho de la niña ni en el de su madre. Solamente en el de Juan Aubet se podía leer una sencilla inscripción, “Tu esposa y tu hija”.  La había escrito el viejo Félix, el único habitante del pueblo que sabía pergeñar otras palabras que no fuesen nombres y apellidos.

1859 había entrado con la misma atonía con la cual marcharon los meses anteriores. No se vislumbraba ningún indicio de paz, ni muchísimo menos de dejar de pasar hambre. Aparte de Martín, ya solamente quedaban en el pueblo los dos últimos miembros de la familia del viejo Félix, él mismo y su nuera Pilar. El hijo mayor había luchado en la Primera Guerra Carlina acompañando al Mariscal, pero no volvió con vida. Otro hijo había huido, temeroso de ser alistado y acabar muriendo fusilado como su hermano mayor. Como fugitivo que era, la familia lo repudiaba y no se hablaba de él, como si jamás hubiese existido. Nadie sabía si estaba vivo o muerto, ni cual había sido su paradero. Ni tan solo habían rezado por él. Lo habían borrado completamente de sus vidas, de sus mentes y de sus corazones. El tercer hijo, que fue el marido de Pilar, había fallecido diez años atrás.

Ni el viejo Félix, ni muchísimo menos su nuera, habían entrado en el olivar desde el día que se descubrió el cadáver de Juan Aubet. Martín, sin decirlo explícitamente, les hizo entender que algo horroroso sucedía. De todos modos, no servía de nada acercarse. No había frutos para recolectar, ni plantas para comer. Ni siquiera animales para cazar. Ellos también se habían ido muriendo de hambre. Como si un hechizo se hubiese extendido por toda la zona, como si alguien la hubiera maldecido y condenado.

Martín, en cambio, iba a menudo. Ahora que vivía solo en el caserón más alejado del pueblo, sentía como una fuerza lo empujaba a adentrarse en terreno proscrito. Allí hablaba con el espectro, le enviaba mensajes para Providencia, para Mariona e incluso para personas que hacía décadas que habían muerto, como sus padres y sus tíos. Una mañana de un jueves, el Mariscal le informó que el viejo Félix fallecería ese mismo día.  Martín tuvo tiempo suficiente para despedirse de él. Se atribuyó el deceso a sus setenta y un años, al hambre y al frío. Nada fuera de lo habitual. Pero Martín sabía que si había perecido ese día, y no cualquier otro, es porque el Mariscal así lo había deseado.

Mosén Alfonso subió a oficiar el entierro. Ya cansado y débil, ni tan siquiera reparó en que se había ocupado un nicho más desde la última vez que estuvo. Las leyes decían que los suicidas no podían ser enterrados en camposanto, pero Martín las desobedeció para enterrar a Mariona. Pilar, la nuera del recién difunto Félix, creyó en cambio que Mosén Alfonso sí se había dado cuenta, pero que había preferido no decir nada. Al fin y al cabo, no ganaba nada enemistándose con los pocos fieles que le quedaban en la zona.

Y llegó el estío, acompañado de buenas noticias que hablaban de Rafael Tristany. Mosén Alfonso sabía por fuentes bien informadas que el General se estaba preparando para marcharse a luchar en Italia. Seguro que allí que triunfaría y podría solicitar al Rey que llevase riquezas a su comarca natal, y más pronto que tarde San Guillermo volvería a ser próspera, y a fabricar aceite para toda la comarca. Era cuestión de tiempo, nadie dudaba de las capacidades del sobrino del Mariscal para liderar un ejército, se decían a sí mismos. Desafortunadamente para ellos, la realidad fue completamente distinta. El fracaso de la campaña italiana comportó su arresto y exilio en Francia, de donde volvería una década después para liderar la Tercera Guerra Carlina. Para entonces, sin embargo, en San Guillermo ya no quedaba nadie.

Hasta antes de la muerte del viejo, Martín solía salir a pasear con Félix. Una vez llegaban a las proximidades del olivar, daban media vuelta y retornaban al poblado, para evitar entrar. Martín, no obstante, seguía yendo a solas. Pocos meses después, Pilar, viuda del hijo menor del viejo Félix, aceptó casarse con Martín para poder mantener un hogar y alimentarse, por poco que fuese. Ya hacía diez años que era viuda, pero de no haber sido así ni tan siquiera le hubiese hecho falta guardar el duelo mínimo por su marido, puesto que ya no quedaba nadie en el pueblo que pudiese mal hablar. Mosén Alfonso ofició la ceremonia, sin invitados. Fue la última vez que subió a San Guillermo. Lo trasladaron a un convento cerca de la ciudad, pues el obispado consideraba que no era necesario mantener una capilla para los pocos habitantes que quedaban. Los del pueblo de Mosén Alfonso también se habían ido marchando, y ese había sido, junto con San Guillermo, prácticamente el único lugar habitado de la zona.  Dos años después murió Pilar, de un tumor en el pecho. Martín se quedó solo en el pueblo, y cada día iba al bosque para ver el espectro y esperar noticias sobre su propia muerte, que sucedió el diecisiete de septiembre de 1868, justo dos días antes de que la Revolución expulsase a Isabel II del trono.

Y cuando murió el que hasta entonces se había ocupado de ir enterrando a sus convecinos, no quedó nadie para enterrarle a él. Aún hoy, al pasar por la carretera puede verse el pequeño cementerio cerrado, rodeado de olivos, con solo seis nichos, dispuestos en un tablero de tres por dos. Allí reposan, sin hacer caso al paso de los vehículos, los que en su día fueron Mariona, Providencia, Isabel, Juan, el viejo Félix y Pilar. Olivar adentro, entre los mismos árboles que le acompañaron en vida, insepultas y sin nombre, los restos de quien fue Martín Puig-Galí, el último habitante de San Guillermo de Fiterons.

 

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